0765 Amor... Odio...

31 de enero de 1939: Libro 16

Mira, niña Mía: a los que queréis recibir de Mí, vengo a vuestro encuentro con los brazos abiertos. El anhelo del corazón os manifestará mi Amor... Y en vuestra ansia de verme se manifestará mi Amor a vosotros... un estado que continuará en el Más Allá, donde también me añoráis, y mi Amor os produce más y más satisfacción. Ved, Yo puse el Amor en vuestro corazón, para que algún día cuando vuestro amor llegue a cumplirse, podáis vivir una vida en gran bienaventuranza.

Pero también coloqué en vosotros el impulso para lo opuesto, porque sólo al vencerlo podréis alcanzar el estado de bienaventuranza. De modo que en la Tierra vuestra aspiración debe estar dirigida sobre todo a la lucha contra el odio, que es el sentimiento de falta de amor en extrema potencia; pues el odio envenena vuestra alma y la estropea. Todo lo que el amor construye, el odio lo destruye...

Con el sentimiento de odio en su corazón, el hombre nunca podrá llegar a la perfección, porque el odio forma parte del mal. El odio es tan indescriptiblemente destructor que oprime al alma... ¡El odio es el peor de los males y es el enemigo de toda buena postura; es un vicio que estruja todo lo que es bueno y noble, y es el origen del pecado!

Un corazón que está sometido al odio es incapaz de cualquier noble emoción... Donde reina el odio, no se puede ejercitar virtud alguna. Humildad, benevolencia, clemencia y compasión son conceptos totalmente desconocidos para el corazón que está dominado por el odio; pues tal hombre de ninguna manera conoce el amor tan necesario si quiere vivir de manera virtuosa y del agrado de Dios. En el Más Allá el hombre reconocerá lo horribles que son los efectos del odio... lo deformada que es el alma de aquel que en la Tierra se encontraba bajo la influencia del odio...

¡Que los hombres quieran tener en cuenta que el adversario tiene pleno poder sobre un ser humano de la Tierra que se deja llevar del odio!... Que le costará cada vez más el arrancarse de las manos y de la influencia de este poder... que cada vez le resulta más difícil reencontrar el amor... y que a tal hombre la salvación no puede llegar de otra parte si el mismo no se esfuerza seriamente por liberarse del poder del maligno. Mientras él no rehuya esta influencia tras la firme voluntad de actuar en el amor, le resultará indeciblemente difícil el llegar a ser libre.

Se comprende que el hombre, cuando ve y persigue la falta de amor y la injusticia de otra gente, frecuentemente se ve metido en sentimientos de odio... cuando observa el aparente éxito de una obra falta de amor... Pero siempre debe ser consciente de que hay un Dios en el Cielo que, a su debido tiempo, compensará toda injusticia. También debe tener en cuenta que Jesús perdonó con Amor incluso a aquellos que eran los responsables de su muerte, y que en Él nunca llegó a predominar un sentimiento de venganza, sino que siempre –lleno de Amor– pagó la conducta de los niños terrenales con Indulgencia y Clemencia.

Pues el amor debe vencer el odio. Y por eso, cuando en el hombre se hace notar un sentimiento de odio, también los niños terrenales deben esforzarse a sofocarlo. De modo que siempre sólo hay que recompensar con amor, aunque haya una gran tentación de alimentar un profundo odio contra los atormentadores de la humanidad.

La mayoría de los hombres está equivocada, porque se toma por gente de nivel muy alto que cree que, ante sus subordinados, debe manifestar su poder de manera muy sensible; pero incluso allí el hombre no debe alimentar odio, sino debe procurar enseñar al otro con todo amor.

Pero que primero piense en su propia alma a la que hay que proteger del peligro del odio, dado que su lucha a veces es indeciblemente pesada; pero la dominación de esta propiedad tan perjudicial para el alma llevará a la perfección, porque entonces el amor habrá vencido al oponente... El odio se habrá quedado inocuo, y tras el poder del amor habrá tenido que malograrse, con lo que el alma agradecerá tal esfuerzo porque habrá quedado salvada de semejantes penas.

Amén.

Traducido por: Meinhard Füssel

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