0645 Actividad física y actividad espiritual

30 de octubre de 1938: Libro 14

Todo ser relacionado con la Tierra tiene una finalidad física visible, y al mismo tiempo ha de cumplir una actividad conforme a su destino espiritual, para cuya comprensión hace falta que uno profundice el concepto de vida en la Tierra. A intervalos determinados, cuando ha cumplido su tarea, el ser se separa de su forma respectiva. Pues ha sido físicamente activo, animando parte de la Obra de la Creación. Y dentro de aquella forma ha aprovechado el plazo de maduración que Dios le ha concedido, de modo que una nueva forma podrá hospedarlo para su futuro desarrollo. Cuanto más voluminosa y perfeccionada sea la forma exterior, contra tantas más resistencias tendrá que luchar el ser espiritual que se aloja en ella.

Únicamente mediante estas resistencias y su superación pueden alcanzar su madurez los seres de la Creación divina. Porque sólo evolucionan superándolas, y esto es lo que cuenta ante el Creador eterno.

Ninguna fuerza puede medirse si no choca con una resistencia que se le oponga. En la medida en que el ser que se acerca a la madurez que le permite la encarnación como hombre, en la misma medida aumentarán sus ganas de actividad física. Por eso las almas aspiran a ser consideradas dignas de una tarea cuanto mayor mejor para poder acelerar con ella su evolución. Antes de su encarnación como hombre, el alma es muy consciente de la situación en la que se encuentra, y desea ansiosamente realizar lo antes posible su estancia en la Tierra. En ella se vuelve muy activa para abreviar el tiempo de su encarnación como hombre, estado que le resulta muy pesado y penoso.

Pero aun así hay incontables ocasiones que no se aprovechan, ocasiones que hubieran podido servir para disminuir su aflicción. Frecuentemente la criatura desperdicia sin la menor resistencia la última ocasión de fortalecer el alma, pues la falta de fe la aleja de su verdadera actividad.

Comprenderéis este proceso más fácilmente si tenéis en cuenta que no puede haber evolución alguna si el ser que está en la materia continúa manteniéndose en el mismo estado en el que se encontraba, estado que sólo puede evolucionar bajo la influencia de la Fuerza divina. Pero esta Fuerza se manifiesta únicamente si la criatura tiene una fe firme en el Poder divino y si, llena de fe, cumple realmente la Voluntad de Dios.

Antes de su encarnación como hombre la criatura cumple estas condiciones, esté en la forma que esté, porque se lo impone la Voluntad de Dios. Pero una vez encarnada como hombre, la criatura es dotada de facultades suplementarias muy distintas, pues tiene los dones del raciocinio, de la inteligencia y de la libre voluntad. De modo que el hombre puede examinar, aceptar o rechazar lo que quiera. Como hay una chispa del Conocimiento divino depositada en su corazón, él mismo sabe pensar y puede empezar a construir una fe con la que iniciar la evolución hacia arriba.

Pero sin esta fe el hombre continúa en su mismo estado espiritual de antes y no cumple su finalidad en la Tierra. El período de prueba pasa sin ser aprovechado, pese a que con tanto entusiasmo lo había anhelado previamente la criatura sabiendo que únicamente la encarnación como hombre podía facilitarle la liberación de la materia. Los hombres hacen caso a todas las exigencias de la vida mundana. Pero ignoran lo más importante, la evolución del alma. La criatura tiene que pasar por la carne sin ningún recuerdo y sin tener la menor idea de su verdadera finalidad. Ella misma tiene que hacer lo necesario para saber cuál es su destino, ya que para este fin le han sido concedidas unas facultades específicas. Tiene que encontrar el camino hacia la suprema Divinidad por su propia iniciativa y tiene que desearlo, porque únicamente así podrá realizar su regreso a la casa del Padre.

La vida espiritual del individuo es totalmente independiente de sus ocupaciones mundanas. El espíritu es libre y autónomo y mora donde le place. Frecuentemente es el mismo marco de la actividad mundana el que estimula la inteligencia de la criatura que empieza a preguntarse qué relación puede haber entre la actividad espiritual y la mundana. Así empezará a construirse una fe y, con ella, a redimir el alma de la materia. Porque la verdadera fe produce el amor a Dios y al prójimo. Y el amor, por su parte, es el único medio para redimirse a sí mismo, y para alcanzar la unión definitiva con el Padre celestial que, al fin y al cabo, es el mismo Amor en sí.

Amén.

Traducido por: Meinhard Füssel

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