0559 El patrimonio heredado

28. Aug. 1938: Libro 12

Cada alma lleva dentro de sí el deseo vehemente de acercarse a la eterna Divinidad, sólo el cuerpo se lo dificulta. Una Ley eterna dispone que el alma se corresponda con la actividad del cuerpo al que está asociada. Y eso hasta que el cuerpo, mera materia, vuelva a separarse de ella, es decir, hasta cuando se libere de su envoltura terrenal. Cada alma elige ella misma para caminar por la Tierra el cuerpo que le parece más adecuado para que este le facilite el proceso de maduración. Pues en cada alma moran todas las tendencias de los más diversos espíritus naturales impuros que, después de miles de años, se han unido finalmente formando un ser espiritual para iniciar la última etapa de su purificación encarnados en el cuerpo humano.

En el cuerpo humano se manifestará una actividad que corresponde a la manera como los dichos espíritus naturales eran anteriormente activos en el Orden de la Creación. Por ello se manifestarán con cierta frecuencia en el hombre determinadas peculiaridades que tienen su explicación en la vida anterior del alma y, paralelamente, en la vida anterior de sus componentes. Frecuentemente el cuerpo tendrá que adaptarse al patrimonio heredado. Cuanto más diversas son las características de los componentes de su alma, tanto más heterogéneo resulta el hombre, y, por ello, la lucha que su alma tiene que sostener durante la vida en la Tierra resulta mucho más larga, pues la carne hace caso a todas esas diversas exigencias del alma.

El hombre tiene que imponerse con su voluntad a todas esas inclinaciones intrínsecas, coordinando alma y cuerpo. Siempre ha de ser consciente que toda actividad del cuerpo debe servir al alma para su redención, servir para que el alma redimida pueda volver a la Divinidad. Y tiene que ser consciente de los grandes tormentos que el alma sufre a causa de la resistencia del cuerpo y de sus tendencias mundanas, cuando la oscura envoltura que le rodea se vuelve cada vez más espesa y queda apresada antes de llegar a su verdadero destino. Todos los esfuerzos de esa alma por romper la pesada envoltura resultarán vanos si el cuerpo no le responde. Porque nadie más que el mismo cuerpo pone o quita los obstáculos que rodean al alma. Conociendo estas relaciones, el hombre siempre ha de esforzarse por servir constantemente a su alma, es decir, por apoyarla con toda su fuerza para que la misma pueda librarse de sus ataduras, resultando que cuando las tendencias del alma resaltan demasiado, el cuerpo tiene que superarse a sí mismo. Y gran poder tiene el cuerpo para ello, porque fue precisamente ese cuerpo el que se le concedió por reunir las condiciones más adecuadas.

Amén.

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