Origen: https://www.bertha-dudde.org/es/proclamation/7000
7000 El problema de Cristo y la Deificación....
23 de diciembre de 1957: Libro 75
El problema de Cristo se os presenta una y otra vez, y se intenta repetidamente ayudaros a comprenderlo, aunque vuestra comprensión depende de vuestro grado de amor. Innumerables almas en la Tierra y en el reino espiritual se ocupan con este problema porque quieren tener aclaración acerca de enseñanzas que se supone deben creer, pero no logran aceptarlas con convicción.
Pero en la Tierra, sólo hay unos pocos, porque incluso una pregunta seria al respecto, ya sería respondida de Mí, Quien desea que vosotros, los humanos, caminéis en la luz y en la verdad. Pero los seres humanos se apresuran a dejar de lado lo que no pueden comprender y dejan que sus pensamientos divaguen en otras direcciones....
Pero las almas en el más allá que no están completamente atadas a Mi adversario reflexionan sobre esto en cuanto reciben el más mínimo impulso, en cuanto el nombre de Jesús les viene a la mente, o se les recuerda a Jesucristo. Y entonces recibirán una respuesta, para que en el más allá aún puedan encontrarlo a Él y Le invocan por gracia y misericordia, para la redención de su necesidad. Porque mientras aún no hayan encontrado al divino Redentor, se mantienen en resistencia contra Mí, Quien Yo Mismo en Jesucristo, realicé la obra de Redención.
Y esta luz tiene que ser encendida primero en ellas, que Yo descendí a la Tierra por causa del gran pecado de los seres humanos, que Yo redimí a todos los seres humanos de su pecado original, pero también exijo el reconocimiento de la obra de Redención y la conexión consciente con el Redentor de la humanidad, porque entonces el pecado original también se borra a través del reconocimiento consciente de Mí Mismo y ahora también se produce el regreso a Mí, lo cual era imposible si es obra de Redención.
Probablemente Todos conocen al “ser humano” Jesús, pero no todos creen en Su misión: que Él Mismo se convirtió en un caparazón para Mí a través de Su gran amor, y que Yo ahora realicé la obra de Redención en Él. Este conocimiento no lo poseen muchos seres humanos en la Tierra, ni muchas almas en el más allá. Sin embargo, se les presenta verazmente, lo aceptarán si están dispuestos, y entonces ellos también podrán entrar pronto por las puertas de la Salvación, que, sin Jesucristo, permanecerían cerradas para ellos.
La infinita distancia de Mí pone a Mis criaturas en un estado de infelicidad.... Pero Mi amor siempre quiere traer felicidad; Mi amor no quiere dejaros para siempre en esta infelicidad. Y por eso, Mi Amor Mismo vino a vuestro encuentro y eliminó el mayor obstáculo: la culpa de vuestro anterior apostasía de Mí.... Sin embargo, vuestra salvación exige vuestra propia voluntad, el reconocimiento de vuestra culpa y la petición de perdón. Porque solo a través de esto, vosotros, los seres humanos, Me reconocéis en Jesucristo y también Mi obra de Redención.
Porque el ser humano Jesús era simplemente el caparazón de Mí Mismo, que fue habitado por un alma de luz y que contenía dentro de sí Mi Espíritu en toda su plenitud. Cuerpo, alma y espíritu eran, pues, el divino Redentor.... una forma externa cuya alma anhelaba y alcanzaba la unión completa con el Espíritu Padre desde la eternidad, y así el hombre Jesús se fusionó completamente Conmigo, de modo que Dios y el hombre eran Uno, de modo que se podía hablar de la deificación del hombre Jesús o de su completa impregnación con Mi poder de amor, lo que ahora también le permitió realizar un sacrificio que solo el amor divino podía lograr....
Sólo el caparazón exterior era humano, pero este también se espiritualizó a través del amor, de modo que, después de la resurrección, Jesús pudo ascender al Cielo sin tener que dejar atrás su cuerpo humano, porque este también se había unido al alma y al espíritu a través de su doloroso sufrimiento y muerte en la cruz. Cuando vosotros, los humanos, habláis de Jesucristo, habláis de Dios, de Mí Mismo, con Quien el hombre Jesús (Cristo) estaba completamente unido....
Y entonces, Yo Mismo redimí al mundo del pecado. Yo Mismo descendí a la Tierra. Yo Mismo enseñé y obré a través de Él, pues siempre fue Mi Espíritu el que impregnó al hombre Jesús, porque Su amor era inmenso y Él deseaba a ayudar a los hermanos caídos. Solo el amor podía traer la salvación a los seres humanos, y este amor siempre está dispuesto, tanto en la Tierra como en el más allá, a salvar a las almas del pecado e introducirlas al paraíso....
amén
Traducido por Hans-Dieter Heise